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A qué nos suena el Taller la Bola

/ 29 mayo, 2019

Una chica, dos chicos. Son los hermanos Oquendo. Hace años heredaron el gusto por sacar sonidos de objetos prehispánicos de hace más de 2000 años y hoy son parte de los instrumentos con los que hacen música “audaz urbana”, vital. Combinan su base con rock, hip hop, pop. Las posibilidades son infinitas.

Verlos tocar es desentenderse por un momento del hoy: cómo es eso de que piezas de barro de 2.500 años de antigüedad están sobre el escenario, soltando esos sonidos. Pero para ellos, Nico, Miguel y Ada es natural que eso suceda. Tocan instrumentos precolombinos desde que tienen memoria.

Bajo el nombre de Taller La Bola, los tres forman una banda inseparable y que hace mucho más que descubrir sonidos en estos objetos. Les dan sentido en el tiempo. “Ojo que no hacemos música precolombina”, dice Nico Oquendo. Cada instrumento, cada piecita de barro tiene personalidad propia y por eso, cuando el Nico o el Miguel o la Ada hablan de ellos, lo hacen casi casi como si se tratara de personas. “Reinterpretamos en base a las capacidades que tiene cada instrumento”.

Lo que sí han hecho es utilizarlos para tocar -también reinventando- la música de Ecuador. A lo suyo lo llaman Audaz urbano, un género que abraza muchos géneros y juega con las herramientas que tienen. Porque, como dice Miguel, “el viaje musical es suficientemente inmenso como para alimentarse de un solo género”. La audacia está en la combinación de ritmos y de pasado con presente. También utilizan instrumentos étnicos actuales. Cogen a la Bomba del Chota, a la Caderona afro, y la juntan con rock, con hip hop, la mezclan con pop. Es parte de compartir.

Y así han salido colaboraciones con otros grandes músicos, también grandes amigos suyos. Fabrikante, Mugre Sur, Tambores y Otros Demonios y hasta el mítico Limber Valencia han sido compinches de su música.

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“Hacemos lo que sentimos”, dice Ada, quien empezó en esto a sus seis años y ahora tiene 18 y es, en palabra de sus hermanos, el equilibrio de la banda. Aunque todos tocan y componen, cada uno tiene un rol que se complementa con el otro. Nico, por ejemplo, de 29 años es el que le echa más cuerda a escribir las partituras, a la parte formal de la música. Miguel, de 25, en cambio aplica toda su creatividad multimedia en la gráfica, en lo visual del Taller.

¿Por qué Taller y por qué La Bola?

Todo empezó antes de que los Oquendo lo planearan. El papá, Luis Oquendo, restaurador de objetos prehispánicos y músico también, fue el responsable de crear en los noventa un taller de creación y de experimentar con esos instrumentos entre los que estaban “la bola” de artistas: restauradores, poetas, teatreros, músicos, de todo. Y la idea era compartir.

“Lo de taller es porque aquí se hace práctico, lo teórico. Todos compartían y seguimos compartiendo, por eso lo del taller, sigue”, explica Nico. Lucho Oquendo falleció en 2014 pero les dejó una formación con la que se baten ahora y para adelante. Fue quien agarró las piezas precolombinas mientras restauraba y empezó a investigar cómo mismo es que funcionan cuando las miramos como instrumentos musicales.

Y también fue quien armó una colección propia para hacer de ellas instrumentos que resuenan de formas diferentes, inimaginadas para las personas comunes. “Él nos mostró que enseñar es divertido y aprender también. Con él aprendimos a tocarlos y si nos gustó tanto es la razón por la que estamos hoy tocándolos y escuchando lo que nos quieren decir”, dice Ada.

Las líneas claras

Juntos conversan y juntos han armado una metodología con la que tocan los instrumentos y sacan una energía que difícilmente puede describirse con otro nombre diferente a la magia. Cómo se da vida a algo que otros ven como objetos para contemplar a través de un vidrio o para guardar en reservas bajo llave. Cómo sacar historias de ellos, cautivar a la gente común con sonidos que para tantos entendidos son “desafinados”.

Ellos los tocan, les dan la vuelta, recrean energías mientras escuchan lo que tienen para decirles. Unas noches, un silbato les comenta una cosa, otra noche, les dice otra. Y lo cuentan así. Tienen un tesoro en sus manos y agradecen por ello. Para los conciertos, han armado unos portafolios con esponjas en los que los guardan y los movilizan. Cada uno tiene un lugar especial.

Desde el 96, cuando papá Oquendo empezó a recolectar los instrumentos, empezaron a hacer la banda y de ahí, dar paso largo a innovar e innovar. “Tenemos un reglamento: Nosotros no rescatamos nada”, dice Miguel. “No sabemos cómo los tocaban, es difícil saber. Nos basamos en el sentir y en lo que ellos nos comunican”.

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Son 25 años de Taller La Bola, 25 años de cambios, pero también de trabajar con los tesoros que los Oquendo tienen ya en sus manos y los cambiaron a ellos. Mientras siguen conversando con los instrumentos, inventando mezclas de la música que tienen en sus manos con otras músicas que suenan en la ciudad, preparan otro disco que saldría ya en unos meses más, en el 2019.

Taller La Bola nos suena a energías transformándose.

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