Especial

Mutar o morir: 3 miradas a los festivales ecuatorianos

23 diciembre, 2019

Mutar, luchar y tripear. Tres entendidos en la producción de festivales dentro de Ecuador resumen el año para este espacio dentro de la escena: cómo salvarlo y entenderlo a través de los años.

Hablar de Ecuador, festivales e independencia cultural en una misma conversación suele dejar -casi siempre- una frustración extraña, repetitiva y sin respuestas. Hablar de un espacio específico, como lo son los festivales, se resume en revivir experiencias que nunca dejan la controversia de lado; dudas sobre valores impagos a músicos, localidades a campo abierto que se volvieron invisibles o experiencias que jamás cumplieron lo prometido en redes para el público y la prensa.

Para entender el 2019 de los festivales dentro del país buscamos a tres conocedores dentro del tema: José Fábara (El Carpazo), Pablo Rodríguez (Concha Acústica) y Pablo Suárez (Sucio Festival del Amor). Cada quien con una estrategia distinta para cambiar la realidad de estos eventos en el país.

La mutación al sideshow

“El panorama no es muy alentador”, responde José Fabara, quien también es parte de Rocola Bacalao -banda en pausa-; “desde 2017 hubo un boom de festivales, pero la mayoría murieron apenas nacieron (…) hacer un festival es sumamente complejo, demanda muchos recursos, mucho tiempo y no sé si todavía todo el mundo está preparado para entender del todo lo que es un festival que no sea gratuito, donde es imprescindible que todos deban involucrarse en comprar entradas para que se sustente.” El Carpazo tuvo su última edición en 2016, posterior a ello tuvo que cancelar su edición del 2017, en consecuencia de la poca venta de entradas al festival, que lo encabezaría Los Tres, Sal y Mileto y Chico Trujillo.

José Fábara
José Fábara en una entrevista para La Descarga Plataforma Cultural. Cortesía del medio.

Tras este ‘fracaso’ que no llegó a darse, Fabara optó por dejar a un lado el hacer festivales y centrarse de lleno en los sideshows con bandas de nicho, como Jungle, Cigarettes After Sex y próximamente El Mató a un Policía Motorizado. En su mayoría, conciertos aprovechados por giras en el continente y que tuvieron un lleno total. “Decidí cambiar a sideshows por ahora porque es más fácil, es menos trabajo y es un nicho de público que tengo identificado, permite mantener activa la marca, el nombre y aportar con actos importantes a la ciudad y el país”.

José reconoce que el país presenta varias limitaciones al día de hoy en cuanto a eventos de gran magnitud en otros países. Plantea que primero está lo económico, la infraestructura y finalmente lo jurídico, asuntos que Pablo Rodríguez también comparte más abajo en esta nota. El músico y productor, además, no está seguro si es recomendable organizar festivales “a menos que haya una inversión muy grande. A la final el line-up decide mucho, pero la gente no tiene idea los costos que demanda una banda (…) depende de inversionistas que tengan una buena cantidad de dinero. Por ejemplo, el Estéreo Picnic por lo bajo está costando 8 millones de dólares, no sé si todavía se está listo para un festival de esa envergadura en el país.”, dice Fábara, que concluye con que “estamos a 10 años de lo que anda pasando en Bogotá”.

El Carpazo
El Carpazo en 2015. Foto: Archivo El Carpazo.

Esta mutación e intercambio de producción de festivales a conciertos únicos también trae consigo la idea del productor de que los festivales no sean los “salvadores de una ausente industria en el país”.

Sentencia que una banda no debe fiarse de ser parte estrictamente de un festival, sino de “tocar la mayor cantidad de veces posible, en todo lado, no esperar que haya necesariamente contrataciones, sino autoproducir sus shows”.

Sobre si habrá un festival de El Carpazo en 2020, la respuesta es no.

Luchar contra lo ilógico

Cuando Pablo inició en el periodismo musical, yo todavía era un feto, corría entonces el último año del pasado milenio: 1999. Rodríguez vio al rock evolucionar, a bandas desaparecer, festivales en su cumbre y así mismo, verlos -casi- morir. Tiene 42 años y dos libros sobre la escena rockera en el país, su objetivo a largo plazo es escribir la historia del rock ecuatoriano, un reto que se vuelve un tema intenso con los últimos años donde más lo necesitamos.

Pablo Rodríguez también es gestor cultural de la Semana del Rock y la Concha Acústica, siendo este primer evento cancelado unos días antes por peticiones de la intendencia.

Pablo Rodriguez también estuvo involucrado en el Quitofest. Foto: Adrián Gusqui.

¿Cuál es tu radiografía del 2019 en cuanto a festivales en el país?

Pablo: Ha sido un año pésimo para la cultura en general, los EDOC (Encuentros del Otro Cine), un festival sólido y potente, anunció que no hará convocatoria por un tema de recursos, la Semana del Rock no se hizo por un tema logístico y voy conociendo el cierre de 4 espacios autogestionados.

“La Semana del Rock no se hizo por cuestión de permisos”, recuerda con cierta frustración, mientras se bebe un café negro y su libro Charlas de Rock Vol. 1 reposa en el lado izquierdo de la mesa, “nosotros conseguimos fechas:  16, 17 y 18 de julio en la Casa de la Cultura; pero con las nuevas disposiciones de la intendencia este año te obligan a tener seguridad privada, te obligan a contratar una ambulancia, nosotros en tres días necesitábamos aproximadamente $4000, ese recurso no fue viable para la economía de ese entonces y sólo no se dio”, concluye, abriendo una historia que parece repetirse varias veces con festivales de rock y hardcore.

“La bronca de la policía es eterna. Le tiene miedo a este tipo de cosas porque no está familiarizada con las dinámicas de un concierto de rock o hardcore. La autoridad empieza a ver que la gente empieza a moshear y se aterroriza.” El periodista ejemplifica el desorden de la seguridad en los festivales con la restricción del uso de correas, “hay esa estúpida visión que la gente estaría segura dentro de un concierto de rock si le quitamos la correa”, dice, continúa con que “esos miedos provoca que se doblen las exigencias de seguridad, que al final termina siendo un papel”.

Esta “exageración”, según Pablo, por parte de la seguridad, ha dejado en un vaivén irregular la creación de festivales dentro de la escena rockera, que ha podido levantarse este año con agonía. Por ejemplo, en 2019 no hubo Quitofest y la Semana del Rock se canceló.

El periodista está de acuerdo en decir que en cuanto a temas de seguridad hay muchos errores, que siguen tratando a espacios juveniles con “un modelo adultocentrista”. Además de todavía pertenecer a un poder que se sigue enfocando en la segmentación de Norte y Sur de Quito. Cabiendo más en la conversación que tenemos en un café hipster de la capital, Pablo cuenta una anécdota que podría resumir toda la ineptitud en cuanto al manejo del público dentro de un evento masivo; fue en un Quitofest.

Pablo Rodriguez
Pablo reúne en su canal de Youtube entrevistas, documentales y contenido inedito de la escena rock en el país. Foto: Adrián Gusqui.

“Yo llevo mis esferitos para tomar nota y me dicen que ‘es arma blanca’, por ahí cruzó un teniente y le mostré mi pase de prensa y me dice que ‘siga nomás’, me voy a la carpa de la Defensoría del Pueblo dentro del Quitofest y me regalaron unos esferos”.

Considera que el festival no es el único responsable de la seguridad del asistente “estaríamos entrando en una suerte de niñeras, si vos mismo no te cuidas estamos fritos”, sentencia, recordando un concierto de Mago de Oz en 2009 en el Estadio del Aucas: “unos 30 huevones afuera empezaron a hacer relajo, terminaron incendiando una moto. Los medios cubrieron el relajo, pero no a las 5000 personas dentro, disfrutando del concierto”, acto casi calcado en el portazo de Sal y Mileto en el VAQ en 2018, donde según Pablo, la trifulca la iniciaron una decena de personas “si tienes un cuerpo policial que no puede manejar a 10 tipos relajosos, estamos cagados”.

Rodríguez cuenta hasta lo que no se pregunta, pero mientras responde, se quiere saber más. Desafortunadamente la cafetería se llena, el ruido se vuelve insoportable y el sol ya casi no está. Ambos vivimos a dos polos del punto de encuentro, él se va con su mochila -y supongo- a seguir vendiendo sus libros, a pie, autogestionándose, como todos en 2019.

Producir para ‘tripear’

Pablo Suarez es músico y dueño del sello discográfico Pop Sucio Records. Esta es la tercera vez que visito su casa, donde caen bandas y músicos para dar sus primeros pasos dentro de la escena, aprovechando la calidez de productor de Suárez. En cada visita algo nuevo nace y más afiches de festivales o concierto se agolpan en la habitación de Pablo.

Pablo Suárez
Pablo Suárez en la terraza de su casa y estudio a la vez. Foto: Adrián Gusqui.

En 2018 inició el Sucio Festival del Amor, espacio que, en palabras de Pablo “es más como una celebración de las bandas de Pop Sucio Records. Básicamente armar un concierto de panas para todos. No funciona como festival porque yo no pago a las bandas (del sello) o a mí. Todo lo ganado va a gastos de producción”.

La idea del evento es cuadrar un espacio entre fiesta y crear un espacio de comunicación con el asistente, en el último Sucio Festival se trató el tema del aborto, “Yo les contacté a estas chicas de aborto libre Ecuador, para que vayan al concierto a recaudar donaciones vendiendo sus pañuelos verdes y que hablen con la gente.  Sobre todo, la intención de los eventos han sido que tengan un buen mensaje social”, cuenta Suárez, quien también toca en Porno.

A partir de estos objetivos, Pablo va soltando las vicisitudes por llegar a crear un evento en Ecuador. Es directo en cuanto a temas de permisos “eso es una porquería en Ecuador”, responde, “los locales deberían tener las comodidades para tener música en vivo. Tienes que tener un espacio donde tocar, PA (amplificación externa), estar organizados de manera que se pueda respetar la producción del evento”.

Entre los eventos que produjo recuerda con claridad uno de octubre “para un concierto de Halloween el dueño nos dijo que tenía PA, llegamos y no tenía, fue una estupidez tratar de contactarle al tipo, se desapareció hasta el día del concierto, tenía unas cajas ‘marca patito’, me tocó contratarlas ese día”. Pablo resume que el valor que los bares tienen sobre el músico es ofensivo, “los lugares aquí creen que te están haciendo un favor a dejarte tocar ahí”, reclama. Reconoce que en algunos espacios los dueños del lugar “son cualquier cosa menos músicos”.

¿Mejoró en algo la cuestión de los permisos en comparación a 2018?

Pablo: No, en cuanto a permisos fue una cagada. En el espacio del primer festival no hubo permisos, se dieron las cosas de manera media ilegal. En el espacio del segundo festival se iba a sacar un permiso porque era un evento para todo público. Yo me pongo en la posición de chamo y los mejores conciertos que fui en mi vida y me metí en la escena fue cuando iba y tenía 13, 14 o 15 años. Yo entraba a la Bunga sin cédula o al Aguijón, pero no era el único y creo que es una oportunidad que se les tiene que dar.

El músico quiteño reserva ciertas opiniones en que la mayoría de los espacios de cierta zona en Quito se ganan los permisos debido a palancas (coimas), ralentizando el proceso para espacios autogestionados, por ende el no poder cumplir ciertos estándares de seguridad en eventos, como pasó en los permisos del primer festival del sello. Hablamos sobre planes de contingencia y Suárez reconoce que “nadie tiene”, ha dejado la fe de este espacio de seguridad al público que asiste “vamos a hacer un ambiente seguro porque todos nos vamos a cuidar entre todos. Más allá de una cuestión ideológica no puedes hacer gran cosa si el local no está preparado”, comenta, añadiendo que en el fondo esto “es un problema de la legislación”.

Pablo Suarez
Pablo con algunos eventos impresos en entradas. Fotos: Adrián Gusqui.

“Yo alguna vez hablé con el Fabara; me contaba la cantidad de trabas que tuvo para hacer El Carpazo. Me dijo que el día del evento al Municipio no le daba la gana de entregar los permisos”.

Pablo rescata que el papel de los eventos que realiza es mezclar la celebración dentro del sello y a la vez entretener a la gente, entregando un show de no más de $12 (precio del día del concierto) por ver a 7 bandas (en la última edición).

El problema con el que concluye el músico es que el valor de la cultura en el país, para él, está por el piso. “tienes que pasar 5 o 6 años tocando todo el tiempo para dejar de sonar a basura y después de eso dices que: ‘tengo que empezar a componer canciones para amanecerme con una hora de sueño al colegio porque traté de hacer una canción que no funcionó para nada’, entonces es un trabajo de toda la vida y la gente no tiene claro esto«, concluye Suárez, en un final de la entrevista que se marca por una risa acostumbrada a hablar sobre el poco valor del músico en el país.