Coberturas

Jorge Drexler: "en Ecuador se está haciendo música maravillosa"

/ 19 septiembre, 2018

Fue una noche emotiva, especial. El pasado 15 de septiembre, el uruguayo Jorge Drexler brindó un concierto en Quito como parte de su gira Salvavidas de Hielo. 220V Música estuvo presente y te contamos lo que vivimos.

A las 20h00, el cantautor guayaquileño Ricardo Pita salió al escenario, eran solo él y su guitarra de palo. “Zapatos viejos, cuánto han caminado” cantaba mientras la gente terminaba de acomodarse y se empezaba a conectar. Ricardo conoció a Drexler años atrás y desde ahí formaron un vínculo musical lleno de admiración mutua. Ricky, como lo llaman sus amigos, tocó por 30 minutos y cerró su breve set con su hit “Canción para el resto de los días”, de su primer disco como solista Las Aventuras de Ayer, Hoy y Siempre. El coro contagió a los casi 2 100 asistentes que llegaron al Teatro de la Casa de la Cultura. “Ya no hay mal que pueda maltripearme hoy”, coreaba la gente y lo aplaudían mientras se despedía.

A las 20h40, Drexler saltó con su banda al escenario. Él, de rodillas, agradecía a quienes estaban ahí. “En estos tiempos, comprar una entrada es un gesto de amor, así que mil gracias a todos”. Los gritos estallaron y los aplausos se extendieron por dos, tres minutos. Tuvo dos sold outs -en Guayaquil y en Cuenca-, y Quito era la ciudad donde cerraba su gira. Con un setlist más íntimo, la primera parte del concierto se dio en un respetuoso silencio. Sobre todo cuando Drexler agarró su guitarra y se quedaron solos él, su instrumento, y la atención del público. “Asilo” y “Salvavidas de Hielo” se sintieron como estar en un cuarto con luz tenue, sentados en círculo alrededor de una chimenea, con un amigo músico tocando la guitarra.

Detrás del escenario, un círculo con seis líneas nunca dejó de brillar. “Esto representa a una guitarra” comentó el músico. “Ahora, imaginen que estamos todos dentro de ella, quiero que se sientan así”. Drexler logra transformar a sus conciertos en puntos ciegos donde la pena no entra, como cantó -casi al final del concierto- en el tema “La Luna de Rasquí”, un homenaje a Venezuela y al músico Simón Díaz.

Con la última gira que vino Jorge Drexler, para promocionar el antecesor de Salvavidas de Hielo, llamado Bailar en la Cueva, el Teatro Sucre se llenó de baile, de gritos, de aplausos, de interacción. En esta gira, el público se conectó más con la presencia, con estar ahí, abrigados por los acordes de sus seis cuerdas, y compartiendo un silencio cómodo.

Una de las partes de más complicidad fue cuando, desde las primeras filas, un fan solicitó al músico, como si se tratara de una rocola, la canción “La Edad del Cielo”. Drexler, con su carisma incomparable, aceptó y le cedió la parte cantada de la canción. El público lo animó y lo acompañó en el coro: “calma, todo está en calma, deja que el beso dure, deja que el tiempo cure”. Después, los aplausos, los gritos de ánimo.

Otro de los momentos cumbres de la noche fue cuando Drexler aplaudió la música que se está produciendo en Ecuador. Señaló a su amigo Nicolá Cruz, quien se encontraba entre el público, y lo saludó. Que él es uno de sus músicos favoritos, que han compartido abrazos y tarimas en Madrid, dijo. También habló de Mateo Kingman y confesó ser fan de su música. La noche anterior, en Guayaquil, Drexler había invitado a la cantautora Ceci Juno, a quien también mencionó en el toque quiteño por su talento. “No lo digo solo porque estoy acá, pero en Ecuador se está haciendo música maravillosa. En verdad es buena señal cuando cosas así pasan en un país”. Después de esa introducción, invitó -otra vez- a Ricardo Pita y juntos cantaron “Soledad”. Fue un momento que hizo que a muchos se les suba un cosquilleo hasta el pecho, hasta el corazón. “Qué raro que seas tú quien me acompañe, soledad, a mí que nunca supe bien cómo estar solo”.

Cuando Drexler tocó “Bolivia”, recordó cómo la vida es un péndulo y la historia circular. Esa canción, parte de su anterior producción musical, habla de cómo sus abuelos y familiares tuvieron que salir de Europa debido a la guerra. “Fue sorprendente, porque todos los países de Latinoamérica nos negaron el acceso, menos Bolivia”. Drexler también invitó a la reflexión. “También tuve familiares que salieron de Uruguay en la dictadura y fueron a Venezuela, país que los acogió con los brazos abiertos. Espero que ustedes hagan lo mismo con los venezolanos que han llegado. La historia es circular” repitió. “¡Gracias, Jorge!” se escuchó desde el público. Varios fans de ese país también se encontraban esa noche de unión y de disfrute.

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Foto: Diario El Español

El final del concierto se veía llegar y con “Telefonía” se subieron los ánimos. Pero cuando Drexler y su banda tocaron “Bailar en la Cueva” literalmente empezó el baile. La gente que estaba en las localidades más cercanas caminó, casi corrió, hasta el escenario. Drexler se movía con sus característicos pasos de baile que son entre tímidos y torpes, pero libres y sinvergüenzas. Cuando se bajó del escenario a bailar con un par de fans, la euforia se elevó, la gente aplaudía, coreaba, sudaba. Con eso se despedía de Quito, por lo menos eso pensó el público.

Para su retorno después de que las luces se apagaran y la gente suplicara “otra, otra”, Drexler volvió con “Quimera”, parte de su más reciente disco que habla del proceso de hacer canciones, de componer. Sus músicos lo acompañaban y bailaban una coreografía en la que se movían de un lado al otro, de un lado al otro. La gente coreaba “soy un pescador de sueños, soy un catador de auroras, no cuento más que con mi empeño y esta pluma voladora”.

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Al finalizar el concierto, Drexler no dejaba de sonreír, al igual que la gente. No dejaba de agradecer, al igual que la gente. Con aplausos ensordecedores, él y su banda salieron del escenario. El público de a poco salía y se los escuchaba comentando “qué lindo estuvo”, abrazados algunos, otros sobrecogidos. Drexler le cantó -por poco más de dos horas- al movimiento; a eso de no ser de ningún lado, de ser del mundo; al amor, a la nostalgia; a la migración; a las telecomunicaciones y a los asilos no políticos.