Coberturas

Guardarraya, con un surco en el tiempo

/ 18 noviembre, 2018

La banda que nació hace 18 años, se nos va a México de gira. Antes que nada, Guardarraya se echó una bendición tocando para su público, y empezó en Quito.

A inicios de los 2000, una banda de muy quiteños soltó su manojo de letras urbanas y sentidas sobre guitarras tristes, a ratos rockeras con batería y bajo profundo. Y a ratos pasilleras, más criollas, con quejidos, acompañadas de una guitarra extra abrazadísima al pecho. De las de chupar. Su protesta nació de la inconformidad de esos extraterrestres tan cómodos viviendo entre las montañas pero tan fuera de lugar. De los que prefieren sentir la intensidad del viento y la bulla en lugar de fingir que la modorra, en una ciudad como Quito, es solo un mito de hippies.

Guardarraya creció así, en la altura, abrigada por una escena informal y apasionada. No esperaban vivir de la música. Preferían tocar hasta el empacho, complacidos por el abrazo del aguardiente y otros juguetes.

*

Es viernes de tráfico y Murakami en Quito. Carros en suspensión, luz y desenfoque, pavimento, telas verdes escondiendo las destrucciones del Metro. El Capitol brilla en medio de todo eso con sus pilares altos, luz de fondo, pero también por el murmullo que despierta en medio del bulevar. Una señora grita, mientras ventila unos tickets que “¡sí hay entradas, sí hay en-trad-aaas!”. Reventa para el concierto de una banda alternativa de Quito. Quién diría.

Adentro, la gente espera. Ya casi lleno. Casi. Algunos llegarán para poblar las butacas cuando la banda empiece su show. Mientras tanto, se ilumina el escenario y entran un muchacho de camisita con churos y guitarra, un Mauro Samaniego con otra guitarra y un Raúl Molina con unos bongós. Se sientan. Empiezan.

El de la camisita es Alex Eugenio, un personaje de la nueva escena guayaquileña. Su voz lúcida se acompaña de la simplicidad melódica de las guitarras y la percusión para mostrar que en algún momento, el bolero podía volver a nuestras vidas en forma de nuevas canciones. Y la bossa. Y la salsa también. En poco más de 35 minutos, Alex soltó para un público nuevo las canciones de su disco Aurora (2018).

En sus picos de emoción, cuando las guitarras se juntaban para armonizar y la voz salía a repartir historias de amor con tono más alto, se podía sentir la emoción del público. “¡Toca guayaco!” le gritaron por ahí en medio de palmas y aplausos. Y tocó. Tocó “Caminando la vida”, recordándonos a los Novos Baianos, y tocó “Nena no te vayas”, como evocando el feelin’ de la canción romántica rockanrrolera de los años 60.

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Alex Illingworth se presentó como “El romántico de la Perla”, frente al público guardarrayano que posiblemente lo escuchaba por primera vez. Compositor de sus temas, 29 años, parte del catálogo de Poli Music, cerró su entrada acústica, de armonías de voces conmovedoras, con “Corazón Abandonado”, un bolero bailarín que se pega a cualquier playlist de playa, amor o desencanto, sabroseando su latinidad de nostalgia.

Le sigue sin mucho trámite técnico, Odisseo. Una banda de espíritu bunburiano y renovación pop rock. Oriundos de México, nuevitos en Ecuador, entran para, en un simbólico intercambio, dar la bienvenida a los Guardarraya a su país.

Este diciembre, Guardarraya parte hacia tierra azteca donde tocará en tres ciudades: CDMX, Toluca y Texcoco, y días más tarde, en Nueva York. Con esa experiencia, llevarán la música que empezaron a hacer para sí mismos y que ahora verán repartida por las Américas. Los quejidos, los coros muy quiteños llegarán a otros tímpanos, tal como ahora los coros de Odisseo suenan en los nuestros. “Llámame mañana, ven rápido. Belleza americana…”, recita Juan Pablo López, vocalista actual de la banda oriunda de Ecatepec.

Su actitud desafiante y la confianza con la que regalan melodías a su audiencia los trajo a Ecuador, así como los colocó en el cartel del Vive Latino 2018, anuciado apenas unas semanas atrás. La balada roquera y los arranques retro juntados a detalles escénicos como el diseño de la iluminación y los visuales, dejan a los Odisseo en un lugar en medio entre el rock latino más clásico y el indie contemporáneo.

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Los nuevos tiempos han depurado bandas, pero también han levantado las formas en que la música es recibida por el público. Más relación, redes sociales, sonidos más pulidos y una imagen que cuidar. Las chances de ver a Guardarraya en el Ananké de Guápulo siempre fueron mayores que las de presenciar su show en un teatro para más de 300 personas. Eso, 10 años atrás.

Es noviembre de 2018 y Guardarraya, 18 años lejos de su génesis ha cambiado muy poco. Están los kilos que la madurez suma al cuerpo, el pelo que resta, y los nuevos integrantes. Ah, y la actitud rebelde con palabrotas y discurso de rechazar a la autoridad, de levantar la voz de los jóvenes. Los cambios están en la puesta en escena, en que ahora para hablar, hable con la manager por favor, en que hay alianzas y relación con proyectos fresquitos que están metidísimos en la escena, con los que comparten audiencias y como ahora, un mismo escenario.

Esa noche, Álvaro Bermeo, Mateo Crespo, Álvaro Bermeo, Andrés Caicedo, Jason De la Vega, Feli Andino, Franco Aguirre y Ernesto López fueron el escuadrón que se tomó el Capitol desde las 10pm. Su sola presencia eleva el fanatismo convertido en bulla, decenas de displays de celular contra el escenario. Y sorbos de Norteño a escondidas. “Era el libro de los cuentos incontables, eran chistes intocables por su peligrosidad…”, empezaron. El “Payaso Andrés” es parte de su última placa Me fui a volver (2017), y el canto unísono de los cuatro pisos del teatro confirmó que en menos de un año ya tiene tintes de clásico.

Tal como el Payaso Andrés, los Guardarraya empezaron su viaje sobre un chancho valiente, cargados del amor convocador de la melomanía. Los fuimos a ver tantos jóvenes como los subcuarentas más contemporáneos suyos, todos mezclados en la oscuridad. “Alcahuetes de mierda”, nos dice Álvaro desde el micrófono, mientras nosotros, sumidos en emoción guardarrayana, hacíamos silencio por si tenía algo más para decir.

En la cuarta canción, el Álvaro recitaba. “Yo prometo llevarla a un lugar que conocí. Puedes correr, puedes gritar…”. A pesar del tiempo, la banda vive un buen momento con conciertos a tope, videos en Youtube que pasaron hace rato el millón de reproducciones, festivales en los que son headliners. Ha cultivado seguidores entre las generaciones de más chamos. Para ellos están los visuales con videomapping, las luces más flasheras y la gira. Junto a mí, en el silencio del final de una canción, un pana venezolano, me pregunta al oído: “¿Y qué género vendría a ser este?”. – “Quiteño de Guardarraya”, le digo, sin saber si mi respuesta es un acierto o una total boludez. El género está intacto, porque escuchas las nuevas canciones en el show y no sientes ningún vuelco hacia lados ajenos. Todo está ahí mismo, subido 2.800 mts sobre el nivel del mar.

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Queríamos más, porque una invitada no basta, y tuvimos más. Entre todo, luego de otras canciones como “Mi niño”, como “Seis Ajices”, reaparece la Huairita y luego el anuncio del Álvaro: “No me imaginé jamás compartir escenario con este personaje, banda sonora de nuestra vida”. Y aparece con toda la humildad el Rubén Albarrán, vocalista de Café Tacvba, el de los mil nombres, ese mito latinoamericano encarnado en un cuerpecito sonriente, de voz hermosa, cariñosa, mexicana. Juntos los tres, con la banda detrás embaladota, se mandaron “Nuestro Juramento” encogiendo los ojos y levantando la quijada al cielo para cantar “la escribiré con sangre, con tinta sangre del corazón”. El himno, sonaba con los celulares prendidos en rec y los coros en alto como con todas las canciones. Las miradas entre la Huaira y el Rubén son de amor y gratitud.

Un trío de personajes queridos. Uno inesperado.

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Lo demás ya sabemos quienes hemos visto a Guardarraya. La cereza siempre es “Lero Lero”, porque puede, debe y todos la adoran. Y porque siempre hay encore, “Hoy”, cerró el show a lo “disco”. Con el Álvaro bailando e invitándonos a bailar en sincronía con los beats más electrónicos que complementan la guitarra. La gente baila, recurriendo otra vez al coreo unísono y a los celulares. La gente no es gente, es fan. El 18 de noviembre no fue el Capitol, fue el teatro en el que tocaron los Guardarraya. Esa noche fue la noche en la que tocaron los Guardarraya antes de su viaje a México. Y a la Yoni. Salud. *Se manda un shot de aguardiente.

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