La Escena

El Festivalito : “Fue como dejar el gimnasio y volver después de tres años”

/ 15 agosto, 2019

Alrededor de 750 personas fueron al Festivalito 2019. Subir suave y tener claros los objetivos fueron guías esenciales para atraer público y organizadores buen trip.

Foto portada: Ana María Gutiérrez

Un festival no es algo que se fabrique siguiendo tips de Google, ni existe un manual de la cultura y la música para armar eventos perfectos. Levantar un evento grande de música independiente lleva consigo montañas rusas emocionales, litros de adrenalina y cortisol y mucha interacción humana. La forma más cruda de cachar a fondo cómo hacer uno, es haciendo.

La primera semana de agosto, en el Km. 17.5 de la Vía a la Costa, se puso en pie la edición cuatro del Festivalito. Un cruce de bandas nuevas con leyendas, de adolescentes en medio de un puñado de aquellos que bordean los treintas. La idea del evento -desde siempre concebido como un evento pequeño- fue mezclar tiempos y mostrar a quienes conocieron y a los que no llegaron a conocer, qué es lo que tiene Fediscos para Guayaquil. Música. 

A El Festivalito fueron más de 700 personas. | Foto: Fausto Feraud

Vino cuando tuvo que venir, diría Pancho Feraud, su mentalizador y heredero del nombre del mítico sello disquero y fábrica de discos que a inicios del siglo pasado fue cuna de grabación de artistas como Julio Jaramillo. Fediscos dejó de ser un lugar físico en 2017 (el terreno será en el futuro un centro comercial), y también el punto de encuentro de jóvenes séquitos de la música independiente, que, guiados por Pancho, levantaron las instalaciones abandonadas para convertirlas en una institución disparadora de cultura y conciertos en vivo. Ahí se realizaron las primeras tres ediciones del Festivalito. La tercera fue en 2016.

“Fue como dejar el gimnasio y después de tres años volver”, dice Pancho hoy, con un festival más para contar. Tuvo que pasar tres años para esa nueva edición que mostrara no sólo que la fiesta sigue, sino también que Fediscos no ha muerto.

Macho Muchacho, banda legendaria de Guayaquil, no había tocado desde 2016. En la foto, su bajista Pablo Jiménez. | Foto: Cortesía de El Festivalito

Esta vez, igual que sus carteles pasados, no necesitó de grandes headliners internacionales. Lo dice su nombre y le hace justicia; es chiquito y se mantiene con su mirada en lo independiente. “No me cierro a la idea de una banda de otro lado a futuro… Uno tiene que trabajar desde las bases y desde el objetivo que se propone. Es buena idea ir escalando poco a poco”. 

Para armar el Festivalito primero tuvo que pasar “Mañana es Lunes” (el evento de música en vivo los domingos). “Era necesario que eso suceda para hacer un festival con stage más grande, horarios más exigentes, bandas, más gente alrededor. Leer la audiencia, leerte a ti mismo, entender qué tan bueno eres manejando una comunidad”. 

Ahora, menos guayaco, con bandas de Quito también, apuntó a que la mezcla y el contraste sean su atractivo: Macho Muchacho, que no tocaba desde 2016 con Telim que lleva poco tiempo. “Cosas frescas, de diferentes colores. Hay contrastes: Dome Palma y Tayos. La Máquina Camaleón y Cometa Sucre”. 

Telim, una de las bandas nuevas del cartel. | Foto: Cortesí de El Festivalito

La ausencia del espacio físico no ha sido sinónimo de pausa. “Nosotros no paramos. Estamos trabajando todo el año”, cuenta Pancho. Y una de sus líneas de camello ha sido “cuidar la escena”, convocando al público y levantando relaciones entre los actores de la música. “Este tipo de festivales son muy importantes para la escena porque nos fortalecemos unos a otros, nos damos trabajo”. A Pancho le gusta hablar de “comunidad”. No deja de asombrarle el networking que se arma entre músicos, con los fans, con el team técnico. 

Los momentos de estrés y tensión densa no se van a ir. Un festival es un riesgo siempre, pero la satisfacción de hacer algo propio, que brinda un espacio para la música y para los 750 asistentes de ese día contrapesa la ansiedad y el dolor muscular de los organizadores. “Implica un estrés profundo, pero me deja feliz, me deja en paz”, dice Pancho con una pequeña risa al final. 

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