Perfil

Boris Gallino: el economista que se decidió por la fusión musical

/ 6 enero, 2019

Boris Gallino es músico, economista, diseñador gráfico y tiene 36 años. Hace poco lanzó “Nena”, primer adelanto de su segundo disco, hablamos con él para entenderlo y armar este rompecabezas guayaquileño.

Su yo ha dado tantos giros, que hasta su descripción de Soundcloud delata esa versatilidad: “Indie ambient grunge folk soul fusion pop rock libre progresivo ecuatoriano”. Boris Gallino es muchas cosas, pero entre esas es músico, y por eso hablo de él aquí.

Se crió en cursos vacacionales desde la niñez, viajaba entre el pincel y la inspiración de todo lo que hacía su hermano mayor en el dibujo. Entre esas vacaciones apostó por la guitarra y desde ese momento nadie lo pudo parar. Boris pinta desde hace algunas décadas, no sólo con el pincel sino con todo arte que le sea posible crear, de entre ellos está por supuesto, la música.

El colegio lo estudió en el Bellas Artes, donde mezclaba sus estudios con el conservatorio de música, después, su primera carrera sería Diseño Gráfico en la Facso. Luego, para encontrar estabilidad económica estudió Economía, lo que lo sumió en una serie de crisis existenciales que lo iban alejando de lo único que quería hacer: música. A pesar de las crisis, con rastas en la graduación y algunos sueños atascados, le entregaron su cartón en el que con letra cursiva, la academia lo declaraba economista.

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Nunca ejerció la carrera, porque ni bien salió de la U se inscribió en la Escuela del Pasillo, lugar en el que salió como dueño y señor de la guitarra clásica. Esta etapa le sirvió para mezclar la academia con su forma propia de crear armonías.

Así, en “Bosque”, su segunda banda, experimentó con la unión entre el pasillo y los sonidos eléctricos. La rareza le apostaba un éxito paupérrimo, pero Boris tiene en cuenta algo antes de probar una nueva fusión, para él la dicha de hacer fusiones está “en poder seguir intentando cosas sin importar mucho si llegan a tener éxito”.

Sus mezclas musicales y de profesión han sumido su destino en una pregunta: ¿Quién diablos es Boris?. Su expediente incluye proyectos fallidos y completados. En la primera banda que integró, Gallino llegó a ser el culpable de su disolución “porque olvidó ir a la prueba de sonido del primer show”. Más adelante participó en bandas en las que ni siquiera figuró como parte de la alineación oficial, bandas como Ganjah Roots o A.U.R.A. Pero finalmente, y luego del aprendizaje, vino su consecución.

Esos resultados se llaman Infinito Zen y sus discos de solista.

La libertad de Boris se ha estacionado en la composición de nueva música, propia y la que es capaz de hacer junto a una agrupación. Lo que hace es -en sus palabras- una excusa para que la gente “se sienta en un buen trip”. El género no importa tanto.

Alguna vez, cuenta, Gorky Alarcón le puso a una de sus bandas el adjetivo de “des-generados”. Durante la entrevista, le cuento que me llegó a los oídos que hace música sensual. Lanza un “caray” por respuesta y luego del asombro, lo admite. En “Nena”, su último sencillo lanzado, quería “proyectar una onda fresca y romántica”, porque “todos estaban llenos de amor”.

Su música de solista ya no suena a degeneración y se ha ambientado en un espacio más caribeño y de isla. Parece música de costa -no de Guayaquil-, de una costa cualquiera.

Sin miedo a la equivocación, lo nuevo de Boris es lo mejor a lo que ha sonado. Porque como él mismo lo dice, en su primer álbum buscaba experimentar, y ahora en este proceso del próximo disco al fin está topándose con sonidos precisos, encontrados luego de mucho tiempo probando.

Pero también está Infinito Zen, que a pesar de no ser su olla de experimentos, le ha dado libertad para componer y estabilidad. Los temas “Pie”, “Infancia” y “Todo me da igual”, salieron de su inspiración.

Sobre esta última canción, cuenta que nació de una etapa de rupturas virtuales y físicas. Había terminado con su novia, y tras un debate político en Facebook, su bajón llegó a la catarsis y lanzó un fuerte “todo me da igual”. La canción se iba a llamar “Facebook”, pero le dio igual, y la llamó como ahora la conocemos.

“Todo me da igual” es lo más dulce y anti-Boris de su currículum. Un mundo diferente. Simple y lejano a fórmulas extrañas, nos hace sentir al amor yéndose.

Infinito Zen y su carrera individual están en el punto álgido de composición. “Quería probar con dos álbumes. Intentar qué camino seguir, pero siempre cogiendo de todas las vertientes: música electrónica, clásica, grunge”. O sea, sensaciones. Todo lo que sea emocionante para él. Por lo que pensaba -y sigue pensando- que es en el próximo disco cuando podrá definir más cosas. “Y creo que va a ser un poco más experimental”, concluye.

Dice que quiere subir la complejidad y darle, sin ánimos de hate, la contraria a lo que conocemos como “indie”. Por eso se fue por el pop. Aunque después no sabe. Gallino sabe que no sabrá qué viene luego. Termina diciéndome que “quizá lo próximo será siempre lo contrario”.

Y de nuevo nos preguntaremos: “¿qué diablos está haciendo Boris?”

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